La frase del momento

"Si hay algo que he aprendido, es que la piedad es más inteligente que el odio, que la misericordia es preferible aún a la justicia misma, que si uno va por el mundo con mirada amistosa, uno hace buenos amigos."
Philip Gibb

viernes, 9 de marzo de 2018

RESET


Y justo cuando creía estar llegando al límite de lo que alguien como yo podía soportar llega la vida, tan puta como pedagógica, para enseñarme que todavía es mucho lo que puedo perder y que pese a estar cansado, más bien extremadamente agotado, todavía me quedan fuerzas para levantarme a batallar como llevo haciendo siempre. Quizá sea un poco brusca en forma, pero desde luego es efectiva, y es que parece que el haber perdido dos coches en poco más de un año y el haber estado dos veces ingresado en el hospital, la última de ellas un mes, no eran suficiente para que pillara el mensaje: “eh, tú, ¡despierta!”.

Hace poco una buena amiga me dijo un par de cosas que me han estado persiguiendo durante días: “¿en qué momento te volviste tan pequeño? ¿Dónde está ese chico con tirabuzones que parecía se iba a comer el mundo?” No supe qué contestar, sólo pude llorar de impotencia, seguramente no se marchó sin más un día, sino que se fue diluyendo poco a poco entre una vida llena de oscuridad, decepciones y miedo, y creedme cuando os digo que nadie lo echa más de menos que yo, pues cuando me miro en el espejo sólo veo el rostro de un pusilánime, de un fracasado. He tratado de mantener a raya esa imagen, y todos los sentimientos que evoca, con una batería de antidepresivos, estabilizadores del ánimo, ansiolíticos y antipsicóticos, aderezados con mucha filosofía y no menos paciencia (somos compañeros de viaje desde hace más de una década), pero el desgaste emocional que supone vivir bajo la misma piel que tu mayor enemigo es enorme y bastante duro resulta ya ignorar todas sus provocaciones en el día a día como para exigirme algo más: hago todo lo que puedo con lo que tengo y con lo que sé, así que en muchos momentos que con no ir a peor ya me daba por satisfecho, al fin y al cabo camino por una prueba de resistencia no de potencia, y administrar tus recursos con sabiduría suele ser la clave para, al menos, completar el recorrido.

Y sin embargo, anteayer, como en alguna que otra ocasión, la carrera se detuvo y pude respirar tranquilo por primera vez en mucho tiempo. La razón: un hombre mayor después de una jornada nocturna de 12 horas se quedó dormido con el pie en el acelerador, invadió mi carril y yo sólo pude pisar el freno, agarrarme fuerte al volante y cerrar los ojos. Creo que aquello que pasó en una fracción de tiempo se me quedará grabado en la retina toda mi vida. Poco después, cuando recuperé un poco el sentido, pude verme sobre el airbag a medio hinchar con el interior de lo que quedaba de mi coche lleno de humo. Me quité el cinturón, salí por la puerta pegando gritos y cuando vi a la otra persona tratando de salir del interior, con una cara de terror y angustia desbordante, sólo pude acercarme a socorrerle y tratar de tranquilizarlo como sólo mi verdadero yo, el enorme, puede hacerlo. Y por primera vez en mucho tiempo me sentí útil, me sentí fuerte, me sentí vivo. Es una pena que haya tenido que pasar algo así para darme cuenta. Espero que ese hombre se recupere pronto (todavía está en el hospital), yo ya estoy en casa, me duelen hasta las pestañas, pero desde luego no puedo quejarme: en principio no tengo nada para lo que podría haber tenido.

Ahora me toca descansar, recuperarme del todo y buscar otro coche (ya van tres en poco más de un año), pero con la tranquilidad de que vuelvo a reconocerme a mí mismo cuando me miro al espejo, espero no volver a olvidarlo demasiado pronto y, si llegara a pasar, que la vida encuentre formas más sutiles de recordármelo. Un abrazo.



domingo, 25 de diciembre de 2016

Descenso hacia la oquedad del ser

«Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.»

Algo me dice que Nietzsche, con esa frase, estaba dejando constancia de algo que desafortunadamente conocía muy de primera mano. Para mí, es una de las sentencias más desgarradoramente francas de toda su obra, posiblemente mucho más de lo que el propio filósofo conocía. Y es que parece estúpido seguir el sendero hacia un abismo que no parece tener fin, precipitarse hacia el vacío más yermo cuando aún somos capaces de volver la vista atrás, cuando todavía somos conscientes que ese lugar que transitamos nos roba todo aquello que nos hace humanos. Pero en nuestra defensa diré que esos monstruos contra los que luchamos tampoco son humanos, al menos no en un sentido estricto. Sentimientos como la soledad, la angustia o la frustración son enemigos de mucha más talla de lo que uno podría esperar y como monstruos son del todo formidables, se instalan cual parásitos y se alimentan de ti con una voracidad que no parece tener límite, te consumen poco a poco y se fortalecen: mientras te debilitas. En ese punto concreto ya no parece tan ridículo caminar hacia la perdición, aun cuando está justo delante de ti, aun cuando la sientes en todas sus formas de manera tan clara, simplemente no puedes resistirte, te domina.

Sí, me siento solo, totalmente desubicado, del todo impotente, demasiado vulnerable y sobre todo muy dolido. Estoy aterrado, pero mi mayor miedo no es el estar expuesto a todas esas sensaciones, lo que me aterra es llegar a acostumbrarme a ellas, acabar por percibirlas como algo normal, terminar de dejar que se instalen en mí y acaben invadiéndome completamente, y que acabe por olvidar del todo quién soy, o quién fui, y me vuelva una parte insustancial de mi propio, personal y desolador abismo. Pues es ahí cuando uno pasa a perseguir una soledad que odia, a encontrarse en la más patente e incondicional desubicación, a refugiarse dentro de su propia impotencia, a manifestar una debilidad que no le pega en absoluto y a justificar para sí un dolor que desde luego no necesita.

¿Y por qué cuento esto precisamente hoy? Porque estamos en Navidad, y Navidad es esa gran época para celebrar, compartir, gozar y todas esas memeces extra-edulcoradas con las que nos bombardean todos los años, no me extraña que todo el mundo parezca, esto… sea tan feliz en estas mágicas fiestas de turrón y bogavante, ¿acaso hay más incidencias de depresiones, suicidios o algún otro tema similar sobre los que a todo el mundo le gusta hablar? Ups, se me queman las galletas de jengibre que dejé en el horno, felices fiestas a todos.


domingo, 15 de noviembre de 2015

¿Somos racistas?

Me he decidido a escribir este post después de haber leído la siguiente crítica a la sociedad occidental en el muro de un amigo: "Sois racistas", así de tajante se mostraba el autor en una entrada en la que habla de la inusual reacción masiva a los atentados de París. Bueno, entonces: ¿somos racistas?, pues a pesar de que en muchas de las cosas que  comenta estoy totalmente de acuerdo creo que su perspectiva es demasiado simplista y el uso del idioma tampoco es el más apropiado. Para empezar quiero ver que es lo que nos dice la RAE sobre el racismo:
1. m. Exacerbación del sentido racial de un grupo étnico, especialmente cuando convive con otro u otros.
2. m. Doctrina antropológica o política basada en este sentimiento y que en ocasiones ha motivado la persecución de un grupo étnico considerado como inferior.
 ¿Somos los Europeos neonazis en potencia? Pues creo, y espero, que no. Entonces, ¿qué somos? La RAE recoge otra definición que se adecua más a la situación:
1. f. Odio, repugnancia u hostilidad hacia los extranjeros.
Nos quedaremos con la versión más light de la definición, hostilidad hacia los extranjeros, o afinando más: hacia lo extranjero, lo extraño, lo que no nos es propio. Y por qué quiero hacer énfasis en el uso correcto de las palabras, sencillamente porque el mal uso de una palabra conlleva una desvirtuación de las mismas. Por ejemplo, ocurre todos los días con la palabra feminismo, las crecientes actuaciones de feministas radicales está haciendo que gente que feminista no se defina como tal, incluso seguramente ni sepan lo que significa, pero ya la asocian a algo que no les gusta. También está ocurriendo mucho con los términos "violencia doméstica", "violencia de género" y "violencia machista", su mal uso conlleva que la gente no sepa diferenciarlas, pero esa es harina de otro costal.
 
Hay una diferencia muy sustancial entre racismo y xenofobia, y eso hace que la palabra racismo se use la mayoría de veces de manera equivocada. La mayoría de gente que identificamos como racista es en realidad xenófoba, pueden no tener nada en contra de
 
un determinado color de piel, un grosor concreto de pelo o una forma determinada del ojo, pero ni se lo piensan cuando les preguntas si les gusta el Islam o los musulmanes, se sienten cómodos o seguros entre semejantes, su gran fobia es lo ajeno y su único delito, el ser desconfiados, pero, siendo sinceros: ¿esta desconfianza es unidireccional? La respuesta es un NO como una catedral. Su poco interés por conocer el islamismo se suma a la falta de integración del colectivo, pues gran parte del mismo tampoco tiene especial interés en entender la "cultura occidental", de hecho, conozco casos de gente que llevando aquí más de 10 años ni se han molestado en aprender nuestro idioma y utilizan a sus hijos como traductores cuando tienen que ir, muy por ejemplo, al médico o al colegio donde estudian sus retoños. Esto no quiere decir que todos los musulmanes se comporten así, ni mucho menos, la mayor parte pueden esforzarse por intentar adaptarse, pero haciendo honor a la verdad: es una comunidad bastante hermética, y lo es todavía más en otros países de Europa. Por lo tanto se suman al hambre hemos de sumarle las ganas de comer. Así que, tú, sí, tú, el que te has puesto una bandera de Francia en el perfil de Facebook, el que probablemente no tenga ni puta idea de lo que ocurre en Siria, tranquilo: puedes que seas un desinformado, pero no tienes porque ser, necesariamente, un racista, por mucho que insistan en hacértelo creer (quizá hasta te hayan convencido).

En primer lugar, si no conoces lo que pasa en Siria y sí lo que pasa en Francia, es porque unos medios de comunicación carentes de toda ética se encargan de que veas lo que ellos quieren que veas y cuando ellos quieren que lo veas, la falta total de objetividad por su parte es la norma que confirma la excepción y su amarillismo: infinito. En segundo lugar, el ver que ese atentado afecte a personas tan cercanas a ti, no tanto espacialmente sino culturalmente,te impacta mucho más que verlo en Ankara, pero no es sólo cosa tuya, eso es así para la gran mayoría, también para ese que pone el grito en el cielo, se trata de una cuestión de pura empatía y por tanto algo más complejo de lo que en un principio pueda parecer. Imaginad la situación de que la muerte del familiar de un vecino, o un compañero o, incluso, un amigo os afectara de la misma manera que la muerte de un familiar propio, viviríamos continuamente amargados, hemos desarrollado una barrera que de alguna manera nos protege de una sobrecarga emocional. Pues, con lo de Ankara pasa lo mismo, desde pequeños estamos tan acostumbrados a ver tragedias en países lejanos que de alguna manera nos hemos insensibilizado, hemos puesto una barrera para poder seguir viviendo como si nada, y eso es algo muy injusto, pero también es algo muy humano, y no creo que la mejor manera de romper esa barrera pase por recriminar esta realidad a la población, al menos no de esa forma.

Por supuesto que las cosas deben cambiar, y por ambas partes: occidente tiene que quitarse esa venda de los ojos que le impide ver más allá de su propia nariz y la sociedad musulmana, que actualmente representa un tercio de la población humana, debe alzar más la voz, pues como ya ocurrió con Charlie Hebdo hay un gran silencio por su parte, y, ojo, esto no lo digo yo, es algo que admiten muchos miembros críticos de su comunidad. Y, a todos, un poco de sentido común, que tampoco cuesta tanto.
Es una locura odiar a todas las rosas porque una te pinchó.
 "El Principito" - Antoine de Saint-Exupéry